Los dientes manchados por el rouge; y las muelas amarillas, por la nicotina
Él, como todo buen payaso, llevaba los guantes blancos puestos cuando ella le abrió la puerta de la habitación setenta y cinco del segundo piso del hotel. Como todo buen payaso había sido engañado y quería llorar hasta agotar todas las lágrimas de su ojal. Pero sólo se había delineado unas pocas lágrimas negras sobre…
