–¡Mirá, mamá! ¡Una sirena! –grita Julián desde la playita de rellenos y escombros, al final de la escollera de la vieja usina de SEGBA, en la Costanera Sur. La mujer, acalorada, recién había logrado sentarse al borde del agua. Tiene el vestido floreado arremangado por encima de las rodillas, intentando refrescar sus piernas gordas. Las trillizas le habían dado tanto trabajo con sus idas y vueltas: que si el vestido, que si la remera, que si la malla… Que ahora, a menos que el mundo se caiga allí donde ella está sentada, no piensa moverse. De ser necesario puede gritar; eso sí. Igualmente, después de tanto trajinar, las nenas habían elegido quedarse tomando sol sobre el cemento, a su lado.
–¿Una sirena? Pero… ¿de río o de mar? –grita para hacerse oir. No puede evitar sonreir por la pregunta.
Julián, de lejos, la mira como sin entender. Vacilante contesta:
–No sé. Tiene el pelo negro como un abanico, y me mira y es muy blanca, y … –desde donde está, la madre escucha un chapoteo.
–Ah… ¿y qué te dice?
Pero Julián ya no le está prestando atención, corre por la escollera con una especie de maza que encontró por allí, entre los escombros. La agita por arriba de la cabeza, como un indio. Llega hasta donde está su madre, que se siente agradecida por no tener que seguir gritando.
–¿Y la sirena? ¿Se fue? –vuelve a preguntarle, incorporándose medio perezosa. Pero al girar, el corazón le da un vuelco, la maza manchada de un rojo sucio en manos del niño le hiela la sangre. También se ven pegados en ella unos mechones de pelo negro, apelmazado. Y algo que brilla como escamas.
Julián, en calzoncillos, comienza a reír y a saltar revoleando la maza, como un ángel rubio bajo el sol.

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