Bonjour, tristesse.
Le hicimos caso a Silvina Ocampo. Dejamos que el final se fuera disolviendo. Hasta que no hubo final, ni cursada, ni grupo, ni lágrimas.
Estoy flotando sobre mis espaldas y el agua es más fresca y oscura que el cielo y las estrellas. Pero no pienso en el fin. Pienso en escribir unas líneas sobre aquellos que conocí allá, en la Casa de Letras. Se lo prometí a Lury una vez. Recuerdo que le dije: «No quiero, Lury. Me parece que los textos que leamos en el egreso deben ser individuales. No-quiero-un-texto-colectivo». Y pasó el 60 camino de la terminal, como nos hubiera hecho notar Alejandro Rulos Rioja. Sentado tras el volante va el chofer, vibrando en cada pozo del empedrado junto con un dado luminoso y el banderín de Independiente que firmaron Hugo y Ariel en un arranque de alegría amarga, cuando ascendieron.
«Y podría ser, quizás, como hizo aquella voz de Silvina», pensé. «Yo tampoco voy morirme. Todavía tengo que escribir lo que te prometí» oigo que te dije en algún espejo, desde fuera del marco, nunca.
Cumplí, entonces, di la patada inicial. Una vez creo que vos dijiste lo mismo, Lury, y quedó rebotando en un eco.
Estoy haciendo la plancha, jugando al surtidor, tirando un chorrito de agua salada al aire para que caiga sobre mi cara, esperando un Agosto que puede ser el final para algunos.
En una oración tan larga como deben ser algunas oraciones, atrapo tu eco y lo paso a mis compañeros, que están allí en el borde oscuro, donde la bruma los esconde.
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